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domingo, 16 de septiembre de 2012

El azúcar y el cáncer


Una de las enfermedades que aumentan con la obesidad, la diabetes y el síndrome metabólico es el cáncer. La conexión entre la obesidad, la diabetes y el cáncer fue reportada por primera vez en 2004 por la Organización Mundial de la Salud. Las conclusiones a las investigaciones son que eres más propenso a contraer cáncer si eres obeso o diabético que si no lo eres, e igualmente eres más propenso a contraer cáncer si tienes el síndrome metabólico que si no lo padeces.

Ahora la mayoría de los investigadores coinciden en que la relación entre la dieta o estilo de vida occidental y el cáncer se manifiesta a través de esta asociación con la obesidad, diabetes y síndrome metabólico, es decir, la resistencia a la insulina. Esta fue la conclusión, por ejemplo, de un informe de 2007 publicado por el Fondo Mundial de Investigación del Cáncer y el Instituto Americano para la Investigación del Cáncer". Alimentación, Nutrición, Actividad Física y Prevención del Cáncer"

Los investigadores del cáncer consideran que el problema con la resistencia a la insulina es que nos lleva a secretar más insulina, y esta insulina (así como una hormona relacionada conocida como factor de crecimiento insulínico) en realidad promueve el crecimiento tumoral.

Como explica Craig Thompson, presidente del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center en Nueva York, las células de muchos cánceres humanos pasan a depender de la insulina (azúcar en la sangre) para obtener el combustible y los materiales que necesitan para crecer y multiplicarse. Algunos cánceres desarrollan mutaciones para aumentar la influencia de la insulina en la célula; otros se aprovechan de los niveles elevados de insulina comunes con el síndrome metabólico, la obesidad y la diabetes tipo 2. Thompson cree que muchas células pre-cancerosas nunca mutarían en tumores malignos si no estuvieran siendo impulsadas por la insulina.

La mayoría de los investigadores que estudian este enlace insulina/cáncer se muestran  preocupados en la búsqueda de un medicamento que funcione suprimiendo la señalización de la insulina en las células cancerosas incipientes y por lo tanto, esperan, inhibir o prevenir su crecimiento completo.

El informe de 2007 del Fondo Mundial para la Investigación del Cáncer y el Instituto Americano para la Investigación del Cáncer recomiendan trabajar para estar delgado y más activos físicamente, ya que esto nos ayudará a prevenir el cáncer.

Thompson confiesa: "yo ya he eliminado el azúcar refinado de mi dieta e ingiero el mínimo azúcar que me es posible, porque creo que es lo que debo hacer para reducir mi riesgo de padecer cáncer". Lewis Cantley, director del Centro de Cáncer del Beth Israel Deaconess Medical Center de la Harvard Medical School, por su parte, lo resume en: "El azúcar me da miedo. Estamos hablando de cosas que no podemos ver - hígado graso, la resistencia a la insulina y todo lo que sigue. Oficialmente no debería preocuparme porque la evidencia no es concluyente, pero lo hago."

 Fuente: The New York Times y Gary Taubes autor de “Why We Get Fat.”

El azúcar y el hígado



En el siglo XX, muchas de las principales autoridades sobre la diabetes en América del Norte y Europa (incluyendo Frederick Banting, quien compartió el Premio Nobel 1923 por su descubrimiento de la insulina) sospechaban que el azúcar causa diabetes basándose en la observación de que la enfermedad era rara en poblaciones que no consumían azúcar refinado y muy común en las que lo consumían. En 1924, Haven Emerson, director del instituto de salud pública de la Universidad de Columbia, informó que las muertes por diabetes en Nueva York habían aumentado hasta en 15 veces desde los años de la Guerra Civil, y que las muertes aumentaron tanto como cuatro veces en algunas ciudades entre 1900 y 1920. Esto coincidió, dijo, con un aumento igualmente significativo en el consumo de azúcar - casi el doble desde 1890 hasta la década de 1920 - con el nacimiento y posterior crecimiento de la industria de dulces y refrescos.

El azúcar, la fructosa y el jarabe de maíz con alto contenido en fructosa (utilizado actualmente en prácticamente todas las bebidas refrescantes, zumos azucarados, conservas de frutas, derivados lácteos, confitería y productos de bollería y panificación) son metabolizados principalmente en el hígado, mientras que la glucosa de azúcar y los almidones son metabolizados por cada céluda del cuerpo. El consumo de azúcar (fructosa y glucosa) significan más trabajo para el hígado que si consumiéramos la misma cantidad de calorías de almidón (glucosa). Si tomamos el azúcar en forma líquida (refrescos o zumos de frutas) la fructosa y la glucosa llegan al hígado más rápidamente que si se consume en una manzana (o varias manzanas, para conseguir lo que los investigadores llaman la "dosis equivalente de azúcar"). En este caso, la rapidez con la que el hígado tiene que hacer su trabajo también afecta a la forma en que se metaboliza la fructosa y la glucosa.

El hígado que tiene que trabajar con estas cantidades y velocidades lo convierte en gran parte en grasa induciendo una condición conocida como "resistencia a la insulina" y que es el problema fundamental de la obesidad y un defecto subyacente en las enfermedades del corazón y en la diabetes de tipo 2, tan común en los individuos obesos y con sobrepeso. También es un defecto subyacente en muchos tipos de cáncer.


Si estamos consumiendo azúcar en cantidades suficientes para que esto ocurra, estamos en problemas.


El Síndrome Metabólico

Luc Tappy en Suiza hizo estudios sobre la acumulación de grasa en el hígado en sujetos humanos, alimentándolos con el equivalente a la fructosa en 8 a 10 latas de Coca-Cola o Pepsi al día. El hígado empezaba a convertirse en resistente a la insulina, y sus triglicéridos subían en sólo unos pocos días. Utilizando dosis más bajas, los mismos efectos aparecían en un mes.

La insulina es producida por el cuerpo para ayudar a convertir el azúcar proveniente de los alimentos en energía para el organismo. La resistencia a la insulina podría ser la causa del Síndrome Metabólico que es un grupo de enfermedades que ponen a una persona en riesgo de desarrollar una enfermedad cardiaca y/o diabetes tipo 2. Estos cuadros son:


·                                 Hipertensión arterial

·                                 Aumento de los niveles de azúcar

·                                 Niveles sanguíneos elevados de triglicéridos, un tipo de grasas

·                                 Bajos niveles sanguíneos de HDL, (colesterol bueno)

·                                 Exceso de grasa alrededor de la cintura


Tener síndrome metabólico es otra manera de decir que las células de tu cuerpo están activamente haciendo caso omiso de la acción de la insulina.


El cuerpo secreta insulina en respuesta a los alimentos que comemos - en particular a los hidratos de carbono - para mantener el azúcar en la sangre bajo control después de una comida. Cuando las células son resistentes a la insulina, el cuerpo (el páncreas, para ser precisos) responde al aumento de azúcar en la sangre bombeando más y más insulina. Llega un punto en el que el páncreas ya no puede mantenerse al día con la demanda o cede a lo que los diabetólogos llaman "agotamiento pancreático" dónde el azúcar en la sangre sube fuera de control y dando lugar a la diabetes.


No todas las personas con resistencia a la insulina desarrollan la diabetes, pero tener los niveles de insulina crónicamente elevados tiene efectos perjudiciales para el corazón y otros órganos. Un resultado de los altos niveles de insulina es el aumento de triglicéridos y la presión arterial y la reducción de los niveles de colesterol HDL o "colesterol bueno".


Así las cosas, las pregunta a plantearse son: ¿Qué causa la resistencia a la insulina inicial? Hay varias hipótesis, pero "la causa más probable es la acumulación de grasa en el hígado", dice Varman Samuel, que estudia la resistencia a la insulina en la Escuela de Medicina de Yale. La correlación entre la grasa del hígado y la resistencia a la insulina en pacientes delgados u obesos, es "muy fuerte".


Esto plantea la pregunta obvia: ¿Qué hace que el hígado acumule grasa en los seres humanos? En la década de 2000, se establecieron conclusiones sin ambigüedades. Alimentar al organismo con fructosa pura o azúcar en cantidades suficientes hace que el hígado convierta la fructosa en grasa (en ácido graso saturado palmitato, para ser precisos, que nos da las enfermedades del corazón cuando se ingiere, al elevar el colesterol LDL). La grasa se acumula en el hígado, desarrollándose la resistencia a la insulina y posteriormente el síndrome metabólico.


Si consumimos azúcar en cantidad suficiente para que esto ocurra, es conveniente que revisemos nuestra dieta o estaremos en problemas.

Con tantas investigaciones que demonizan el azúcar, parece ser que aún hay una falta de consenso científico acerca de las cantidades de azúcares que pueden ser consumidas en una dieta saludable. Es por esto que los gobiernos no entran a regular su consumo.



 Fuente: The New York Times y Gary Taubes autor de “Why We Get Fat.”

Para ampliar información, podéis leer:

¿Es tóxico el azúcar?

Robert Lustig es un especialista en trastornos hormonales pediátricos y el principal experto en obesidad infantil de la Universidad de California, San Francisco que es una de las mejores escuelas de medicina de Estados Unidos. Lustig publicó su primer trabajo sobre la obesidad infantil hace doce años, y desde entonces ha estado tratando a los pacientes obesos e investigando el trastorno de la obesidad.

El 26 de mayo de 2009, Robert Lustig dio una conferencia titulada "Azúcar: La amarga verdad", que fue publicada en YouTube un par de meses después. Desde entonces, se ha visto más de 2.500.000 veces, obteniendo 50.000 nuevos espectadores por mes.

El éxito de su conferencia, se debe a que analiza el azúcar como una "toxina" o "veneno", términos que utiliza juntos 13 veces en el transcurso de la conferencia, además de las cinco referencias al azúcar como "mal". 

Lustig entiende por “azúcar” no sólo la sustancia blanca granulada que ponemos en el café y en los cereales (técnicamente conocido como la sacarosa), sino también al jarabe de maíz alto en fructosa, al que Lustig llama "el aditivo más demonizado que conoce el hombre."

"El azúcar no es sólo una caloría vacía", dice, "y su efecto en nosotros es mucho más insidioso". "No se trata de las calorías. No tiene nada que ver con las calorías. Es un veneno por sí mismo.", dice.

Si Lustig está en lo cierto, el consumo excesivo de azúcar es la principal razón de que el número de obesos y diabéticos se haya disparado en los últimos 30 años. Y es también la causa probable de otras varias dolencias crónicas consideradas como enfermedades del estilo de vida occidental - las enfermedades del corazón, hipertensión y muchos cánceres comunes entre ellas.

El número de espectadores que ha atraído Lustig sugiere que la gente está prestando atención a su argumento. Él está dispuesto a insistir públicamente y sin ambigüedades que el azúcar es una sustancia tóxica para las personas. Para Lustig, el azúcar debería ser tratado, como los cigarrillos y el alcohol, como algo que nos está matando.

Esto nos lleva a la pregunta relevante: ¿Puede el azúcar ser tan malo como Lustig dice que es?

Una cosa es sugerir, que una dieta saludable incluye más frutas y verduras, y menos grasa, carne roja y sal y otra totalmente diferente es afirmar que un ingrediente especialmente apreciado en la dieta no sólo podría ser una indulgencia poco saludable, sino en realidad ser tóxico. Que cuando hacemos un pastel de cumpleaños para los niños o les damos limonada en un día caluroso de verano, les estamos haciendo más mal que bien, a pesar de todo el amor que va con ello.

Sugerir que el azúcar nos puede matar es lo que hacen los fanáticos. Pero Lustig, ha acumulado y sintetizado una gran cantidad de pruebas lo suficientemente convincentes como para condenar el azúcar.

Lustig utiliza la palabra "azúcar" para referirse tanto a la sacarosa - Remolacha y caña de azúcar, ya sea blanca o marrón – como al jarabe de maíz alto en fructosa. Este es un punto crítico, especialmente porque el jarabe de maíz alto en fructosa se ha convertido realmente en "el punto clave de la desconfianza de todos los alimentos procesados", dice Marion Nestle, una nutricionista de la New York University y autora de "La política de Alimentos.

El jarabe de maíz con alto contenido en fructosa

A principios de 1980, el jarabe de maíz con alto contenido en fructosa comienza a utilizarse para sustituir al azúcar en los refrescos y otros productos, en parte, porque el azúcar refinado entonces tenía la reputación de ser un nutriente generalmente nocivo. El jarabe de maíz con alto contenido en fructosa  fue introducido por la industria alimentaria como una alternativa saludable, y así es como el público lo percibía. Además era más barato que el azúcar. Ahora la marea está rodando en sentido contrario, y el azúcar refinado está haciendo una reaparición comercial como la alternativa saludable a este supuestamente nocivo de maíz.

En cambio, para Lustig "El punto es que son igual de malos, igual de venenosos".

El jarabe de maíz con alto contenido en fructosa se comercializó por primera vez a finales de 1970 y fue creado para ser indistinguible de azúcar refinada cuando se utiliza en las bebidas no alcohólicas. Porque cada uno de estos azúcares se transforman en glucosa y fructosa en nuestras entrañas, nuestros cuerpos reaccionan de la misma manera a los dos, y los efectos fisiológicos son idénticos.

Las últimas investigaciones llevadas a cabo por Mike Pagliassotti del departamento de Ciencia de los Alimentos y Nutrición Humana de la Universidad de Arizona, “han revelado que la fructosa causa resistencia a la insulina”. A la misma conclusión llega Luc Tappy, investigador del departamento de Fisiología de la Escuela de Biología y Medicina de la Universidad de Lausanne, en Suiza y toda una autoridad mundial en el tema.

En la actualidad, son muchas las grandes organizaciones en defensa de la salud las que establecen unas directrices dietéticas que sugieren evitar el consumo de azúcares respaldándose en que el azúcar refinado no viene con ninguna proteína, vitaminas, minerales, antioxidantes o fibra y que desplazan a otros elementos más nutritivos de la dieta.

Lustig (y otros bioquímicos) argumenta sin embargo, que no se trata solo del consumo de calorías vacías, sino de la forma en que el cuerpo humano metaboliza la fructosa, que es lo que hace que sea singularmente perjudicial, al menos si se consume en cantidades suficientes.

 Fuente: The New York TimesGary Taubes autor de “Why We Get Fat.”


Para ampliar información, podéis leer: